La misma ciencia , que conocía ya, Hermes Trimegisto, los egipcios, los mayas, y muchos otros pueblos de la antigüedad. Una Historia verdadera, de la condición humana, dentro de la Creación ó el Cosmos (Evangelio ó Verdad), con el comienzo del mal (Influencia perniciosa del planeta Tierra, sobre las personas), y con el final de ese mal (Libro del Apocalipsis), y la vuelta a la normalidad, de todas las cosas.
El día, en que Dios, me vuelva, un mineral….
En ese día, un sueño mío, vulgar y corriente, se tornará, progresivamente, más, y más, feliz, sin ningún dolor de por medio, para mi persona, hasta convertirse, todo él, finalmente, en un sueño, plenamente feliz, del Reino de los cielos, el cielo, y la eternidad, sin vigilia alguna, cuando, toda mi persona, se haya convertido, finalmente, en una persona, mineral, de las que habla, el libro del Apocalipsis, en el episodio, de la Jerusalén celeste.
Y por tanto, toda mi persona, se habrá convertido ya, finalmente, en un tetraedro, ideal, o geométricamente perfecto, que jamás, podré observar, con mis ojos físicos, porque, sencillamente, habrá ocurrido, que ya no poseeré, ninguna vigilia, es decir, que ya no poseeré, ningunos ojos físicos, ni pulmones, ni corazón, ni hígado, ni riñones, etc., pues, absolutamente, todos mis órganos, internos, se habrán convertido, al dormirse, todos ellos, en un mineral, de dureza máxima.
Y mi persona, cuando esté, en este proceso, y en un momento dado, ya no la podrá observar-pensar, ninguna inteligencia, de ninguna persona, que piense-visione, el mundo, o planeta Tierra, y por tanto, toda mi persona, se habrá vuelto, completamente invisible, para todas las personas, que habiten, en el mundo (Planeta Tierra).
Es decir, habrá ocurrido, que:
[Mi persona animal, habitante del planeta Tierra, o mundo] + Implosión = [Mi persona, convertida, toda ella, en una persona mineral, habitante, del Reino de los cielos, el cielo, y la eternidad, y de las que habla, el libro del Apocalipsis] = [Fuego…Gases…Líquidos…Sólidos…Tetraedro]
Y por tanto, a mi persona, le habrá ocurrido, lo mismo, que le ocurrió, a Henoc, todas las personas, servidoras de Dios, a lo largo, de diez mil años, la v. María, Jesucristo, resucitado, s. Pablo, los egipcios, los mayas, mi padre terreno, José (“Moisés”), mi madre terrena, Isabel, y millones de personas anónimas, más, a lo largo, de diez mil años.
Y por tanto, mi persona, al eternizarse, de esa manera, por medio, del poder de Dios, ya no volverá a conocer, jamás, ninguna enfermedad, y muchísimo, menos, ninguna muerte cadavérica.